Gastos de la iglesia: Gastos corrientes en el siglo XVIII

 

Gastos de la Iglesia.



a)     Gastos corrientes.

 

En este grupo pretendemos englobar aquellas cargas anuales para el mantenimiento básico de la iglesia. Suelen ser gastos fijos, con variaciones pequeñas en la mayoría de las partidas. Entre ellos están, siguiendo aquí el orden en que aparecen normalmente en el libro de cuentas:

 

-          Aceite.

 

La cantidad de aceite que se gastaba anualmente era de cinco cántaras para la lámpara del Sagrado Sacramento. Se entendía que debía estar ardiendo de continuo, día y noche, con iluminación suficiente. La encargada de atender la lámpara era la ciriera. La entrega de esta cantidad, aunque aparece recogido en una partida de forma global, nos consta que se iba entregando poco a poco, a lo largo de todo el año, anotándose en el libro de cuentas del mayordomo. El cómputo completo de estas partidas pasaba al libro de fábrica al rendir cuentas al finalizar los años para los que había sido nombrado. Como el precio del aceite oscilaba, nos encontramos cantidades diferentes gastadas cada año, lo que nos permite conocer la evolución de los precios medios del aceite ya que las cántaras consumidas son las mismas. En otra entrada se podrá consultar las series de precios del aceite, y otros productos, para el periodo mencionado.

 

-          Cera.

 

Normalmente viene separada en dos apartados: cera blanca y amarilla.

 

La primera es la que alcanza valores más altos aun teniendo un consumo mayor.

 

La cera amarilla se reduce a los actos de Semana Santa.

Es normal para estos ejercicios pascuales que una persona se encargue de hacer el cirio pascual y las velas que corresponden al tenebrario.

 

Por el contrario, las ceras blancas son encargadas a los distintos cereros.

Los precios de ambas van parejos, un poco más caros los de la blanca, entre medio y un real más por libra.

 

Las “lágrimas” de las velas se recogían y se reutilizaban, bajándose del costo total la parte de cera quebrada y lágrimas que se reintegraba al cerero. La obligación de recoger estos restos de los cirios era del sacristán, como queda de manifiesto en una santa visita.

 

Distinta era lo referente a las velas de las sepulturas. Muchas personas, bien por pertenecer a las cofradías, bien porque lo habían ordenado en su testamento, piden que se lleve “cera en tabla a su sepultura” durante meses o incluso años. Sospechamos, por indicios, que se trata de un soporte, con cirios, a modo de luminarias, que los allegados pondrían sobre la sepultura de su difunto. El periodo no es banal si tenemos en cuenta que entre dos y tres años era el tiempo “normal” de ocupación de las tumbas dentro de la iglesia de Jerte. La recogida de estos restos cerosos correspondía a quienes los habían depositado, recuperando parte de la cera llevada.

 

-          Trigo para hostias.

 

Se mueve en los términos anteriores.

La cantidad entregada al sacristán para fabricar las hostias era a principios del siglo XVIII de una fanega y media anual.

 

A lo largo de la centuria, con el aumento del clero y la presencia esporádica de frailes, predicadores, etc en la villa, se ordena, a petición del curato, que se aumente dicha cantidad hasta las dos fanegas que se recogen al final de siglo.

 

Gracias a estos datos podemos, como ocurre con el aceite y otros productos, confeccionar la evolución de precios para un periodo relativamente amplio, y de manera bastante fiel, al ir “moderados” o como diríamos hoy, promediados.

 

-          Monumento de Semana Santa. 

 

Al igual que en otras poblaciones del Valle[1], en nuestra localidad, cada Semana Santa se levantaba un monumento, de carácter temporal, donde se exponía el Santísimo Sacramento.

 

[1] Flores del Manzano lo refiere en uno de sus libros, dentro del marco histórico de Cabezuela. En Tornavacas aún hoy se sigue hablando del monumento de Semana Santa.

 

Sabemos que cuando menos arranca de la época de María de Heredia que dejó fundado, dentro de sus bienes, una cantidad para este efecto.

 

El gasto que ocasionaba este tipo de celebración o representación es muy difícil de cuantificar porque no hay un apartado concreto ni fijo para el total de su ejecución. Sabemos que intervenían en su levantamiento el carpintero y el sacristán, que tardaban algo más de un día. También que se aprovechaban las maderas de un año para otro, guardándose mientras en la casa taller de la iglesia.

Las cantidades normales y casi fijas eran: 9 reales al carpintero, 16 reales al sacristán, además de un extra que ambos tenían que compartir de media cántara de vino.

 

Dentro de las partidas específicas del monumento se encuentran por ejemplo: 4 reales de naranjas y clavellinas (en 1732), 16 reales y medio de alfileres, clavazón, bramante... También la cera amarilla para el tenebrario que antes citamos Pero la mayoría de las veces no se desglosa, apareciendo una cantidad global bastante variable [2]

 

[2] Cuentas de 1735: 73 reales (de 10 libras de cera amarilla para el tenebrario y 3 reales de la hechura de los cirios). En 1787 se recogen entre otros gastos del monumento: 90 reales de tafetanes y cartones, 8 reales para la cinta del sagrario, 69 reales para palmas, cintas y compostura, 20 reales al carpintero. En 1790 una anotación distinta nos dice: 14 reales de plantones, chillones y tachuelas para el monumento.

 

Otro elemento asociado a la Semana Santa es el “burrillo”. Se consigna casi siempre en un apartado aparte, a pesar del poco monto que representa, 2 reales. Puede deberse a una escenificación del Domingo de Ramos, porque por ese mismo tiempo se introduce como gasto “palmas”, que sin embargo suponen un gasto mayor: 79 reales en 1790, 100 reales en 1791, 63 reales y 14 maravedís en 1792... Aunque cabría la posibilidad que éstas fueran para ser portadas por las autoridades o mayordomos en la procesión del Domingo de Ramos, como es costumbre en muchas ciudades españolas donde aún se mantiene la tradición.

 

-          Jabón.

 

La media arroba asignada se entregaba a la ciriera para que lavase la ropa, que era una de sus obligaciones incluidas en su salario.

Se trata de uno de los productos más estables en precio. Oscila en torno a los 15 reales la media arroba.

Al final del siglo, con el aumento ya referido del clero se aumenta a ¾ de arroba de jabón. También por el aumento del vestuario de los clérigos, que queda patente mediante anotaciones, mandatos de santas visitas, listas de gastos, arreglos y compras de ropas, etc. inclusive vestidos elaborados por las monjas de Plasencia, se dota de traje a los monaguillos que en principio no tenían partida económica asignada.

 

-          Escobas.

 

Todos los años se entregaban 24 escobas para barrer y asear la iglesia. Dos por mes. En el caso de necesitarse alguna más, se entregaba a cuenta de la cantidad del año siguiente. El precio de este producto es muy estable (el material de retama o escobera se encontraba en la propia tierra) y se acercaba a los 5 reales y medio, es decir un real cada 4 escobas[3].

 

[3] Conviene recordar que el salario medio estaba entre 4 y 5 reales al día. Podemos inferir que casi con el trabajo de un día se cubrían las necesidades de útiles de limpieza y aseo de la iglesia ¡y con la cantidad de suciedad que provocarían los continuos enterramientos, la caída de cal de las paredes, mal blanqueadas casi siempre, los continuos arreglos del tejado, el esquilón... y un sinfín de suciedades que traerían consigo los feligreses que entraban en la iglesia procedentes de unas calles mal pavimentadas.

 

-          Salario de la ciriera.

 

Hacia 1731 cobraba 44 reales por las tareas de barrer la iglesia, lavar las vestiduras propias de los oficios religiosos, tener encendida la lámpara del Santísimo Sacramento...

Quizá en alguna época ejerciera incluso de enterradora por anotaciones de final de siglos... Realmente es mucho trabajo para tan poco beneficio. Lo reconoce el propio obispo que ordena en una visita el aumento del sueldo para la ciriera hasta los 55 reales anuales. A esto hay que añadir el periodo de obras en la iglesia, que debía ir a la ermita del Cristo, separada entonces del resto de la población, ya que en ese tiempo hizo las veces de parroquia.

 

-          Derechos del sacristán.

 

Supone uno de los gastos fijos, apenas variable a lo largo de muchos años.

Hacia 1731 ganaba 135 reales al año de situado, es decir, fijo.

A esta cantidad se le añadía todos aquellos derechos que le correspondían por participar y cantar otras misas. Éstas últimas suponían un incremento de medio real por misa.

 

También cobraba, como ya hemos visto, por otras actuaciones: velas del tenebrario, monumento...

Asumía distintas obligaciones, por ejemplo, todos los años iba a la Vicaría de Cabezuela a por los santos óleos para la iglesia, tocaba las campanas, tenía bajo llave parte de los objetos de la parroquia, cuidaba de su custodia y fabricaba las hostias[4] con el trigo que le entregaba el mayordomo. Pero su salario base no varía a lo largo del siglo.

 

[4] Hay una pequeña anotación referida a la compra de “los hierros” para la fabricación de las hostias, por deterioro de los anteriores.

 

-          Derechos del cura.

 

El cura recibe de la iglesia un salario fijo, aparte de los que puede obtener de misas, cofradías, fundaciones y memorias.

Era de 816 maravedís al año (24 reales), que se completaban con otros ingresos, aunque como se refleja en el interrogatorio de 1753 eran escasos (en torno a los 400 reales anuales contabilizando todos los ingresos)

 

Es a partir de 1777 cuando se incrementa su sueldo base a 43,5 reales, incluyendo la memoria de Ana Bernal.

 

-          Derechos de cuenta.

 

Es un gasto fijo y estable. Lo cobra el escribano o el que realiza la anotación de las cuentas que se presentan por parte del mayordomo. Es el encargado de anotarlas en el libro de fábrica. Por este trabajo percibe 816 mrs (24 reales).

 

b)     

 

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