Partidas de defunción. Libros de difuntos. Siglo XVIII
PARTIDAS DE
DEFUNCIÓN Y DISTRIBUCIÓN DE LOS ENTERRAMIENTOS
Las
anotaciones de difuntos de que disponemos en la parroquia de Jerte son tardías
y fragmentadas. Las primeras series bien conservadas nos llegan a partir de
1731, pero hay indicios que nos hacen pensar en documentos anteriores, perdidos
o muy deteriorados por el abandono que sufrió el archivo parroquial antes de la
llegada del párroco D. Perfecto Merino.
Este
sacerdote recogió los documentos que se encontraban en el desván de la casa del
cura, en la Plaza, y los bajó a la habitación de la reja, curiosamente
ordenados y limpios, en lo que pudo. Al menos allí se han conservado en mejores
condiciones. No obstante, los daños son graves en muchos casos, especialmente
por la humedad que hace que las tintas ferruginosas se diluyan y dificulten su
lectura, formando manchas o perdiendo el rastro de la escritura. Los insectos
también hacen su daño, destruyendo algunos fragmentos. La conservación de estos
documentos resulta costosa y necesita de expertos para su buen estado. Pero es
lo que hay. Al menos, al encontrarse, posiblemente, en el archivo de la
parroquia, dentro de la sacristía, en el tiempo de la Guerra de la
Independencia, no se destruyó totalmente. No siguió la misma suerte la
casa curato actual, que se reconstruyó después de esa guerra con la ayuda y participación
de todo el pueblo. En tiempos del Cura Caleya.
Debemos
tener en cuenta que los bautizos se anotaron al menos desde 1601, aunque
estos primeros datos presentan enormes lagunas de información.
De
la misma manera hemos consultado restos de un cuadernillo cosido de matrimonios
en muy mal estado que se iniciaba con fecha de agosto de 1643[1].
Pero al mismo tiempo hemos hallado hojas sueltas y dispersas también de
matrimonios con fechas anteriores, de enero de 1641, que lógicamente
pertenecería a otro cuadernillo del mismo libro, lo que situaría el inicio de
libro de matrimonios al menos cercano a 1600.
En
este sentido, no podemos admitir, o al menos es muy poco probable, que el
documento sobre difuntos que nos ha llegado sea necesariamente el
primero que dispuso la parroquia para este fin. Sobre todo, si pensamos la
diferencia de más de un siglo entre los escritos arriba reseñados y el de
difuntos.
Además,
la existencia del mayordomo de la iglesia, figura que entre otras funciones se
encarga del seguimiento de enterramientos y gastos de rompimientos de
sepulturas, nos lleva a pensar en un estricto control de cuentas y personas
vinculadas por los gastos ocasionados por los sepelios y que, tanto los
testamentarios como los herederos de los finados se comprometen a cumplir con
el clero. Es de destacar las relaciones de párvulos fallecidos y enterrados, en
listas aparte de los adultos o infantes mayores de siete años, en los que queda
patente lo anteriormente dicho.
De
otra parte, el carácter final de los sacramentos realizados en el momento de la
muerte (penitencia, eucaristía y extremaunción), culmen de la salvación para la
otra vida, marcan de forma primordial el sentido cristiano de la existencia:
vivir para salvarse. Para una comunidad católica de entonces tendría especial
interés conseguir y dejar por escrito que sus miembros, reflejados como tales
en el momento del bautismo, la confirmación y el matrimonio, dejaban esta vida
bajo su tutela y entraban en la otra de su mano.
Una
tercera cuestión es la distribución de las sepulturas, ordenadas, con o sin
numeración, pero muy estructuradas dentro de la parroquia y desde fechas
tempranas. Cuando menos podríamos pensar en el año de 1600 que refleja la
sepultura de Catalina Ximenez. Por una cuestión de orden se haría necesario
saber dónde se encuentran los "parientes" de cada cual para que le
recuerden y recen.
Para
poder estudiar las defunciones anteriores a 1731 sólo nos queda, por ahora,
consultar las diferentes escrituras de censo que guarda la parroquia, que se
han indicado en capítulos anteriores. Esta información, muy parcial y no
representativa de la masa global del pueblo, sólo nos sirve como indicadores de
prácticas populares más generalizadas.
Además
de las Memorias y Capellanías que se hacen a lo largo de los siglos XVI, XVII y
algunas en el XVIII en Jerte, también aparecen distribuciones de bienes por el
alma del difunto, por lo general con venta en pública almoneda y remate de sus
bienes al mejor postor, reconvirtiendo todo ello en bienes espirituales para su
ánima.
Una
de las más llamativas es la de Alonso Martín Trabado, del que nos ha llegado su testamento.
Destaca la relación que hace la Justicia al entrar en su casa detallando los
bienes muebles que poseía, la venta de éstos con la cuantía de su valor, quién
lo compró y, por último, las misas que se ofrendó por él hasta consumir todo el
capital especificando los clérigos que dieron las misas.
Sin
llegar a tanto detalle en muchas partidas aparecen anotaciones más o menos
claras, a veces solo indicios, que apoyan y confirman otras fuentes y que
permiten ir estableciendo retículas sobre las que se estructura la sociedad de
este pueblo en los últimos pasos del Antiguo Régimen.
Igualmente
es muy difícil desligar de los datos puramente estadísticos otros con matices
más cualitativos, emocionales si se quiere, pero necesarios para comprender
todo el complejo mundo de relaciones que se establecen en un pueblo.
Uno
de los aspectos que diferencian claramente la jerarquía social se manifiesta en
las partidas de defunción. Veamos en qué y cómo.
Aproximación
a las defunciones a partir del análisis del libro de difuntos.
Las
partidas anotadas en el libro de difuntos llevan, en general, la siguiente
disposición:
(Un ejemplo típico de 1781 lo tienes al final de esta
entrada)
Pero
no todos los sacerdotes se entretenían en hacer constar todos los detalles. Es
más, casi ninguno anota el número de la sepultura donde se entierra cada
persona, sólo indica el "cuarto".
De
esta forma resulta imposible determinar el orden de ocupamiento de las tumbas,
del espacio de tiempo que transcurría entre un muerto y el siguiente en cada
rompimiento, y mucho menos los criterios que se seguirían para decidir dónde
debía ser enterrado cada cual.
Algunas
de las hijuelas de testamento que se incluyen en las anotaciones indican
"donde más lugar hubiere" dentro del "cuarto" solicitado.
Como
ejemplo sirvan las anotaciones del Bachiller Miguel de la Vega, cura rector de
Jerte allá en el último cuarto del siglo XVIII.
Nos
encontramos que en el margen izquierdo anota, al inicio de cada partida el
nombre y apellidos del difunto, y si es pobre lo escribe también.
Indica
debajo el número de la sepultura donde se enterró y al final de la partida el
número de misas que encarga decir.
Se
puede comprender fácilmente que con una simple mirada por las páginas del
libro de difuntos se diferencian rápidamente los que eran pobres, que además de
anotarlo no tienen en la parte inferior de su partida ninguna misa.
Otro
detalle destacable de la diferenciación social, a simple vista, es la cantidad
de líneas escritas por cada partida. Mientras que hay partidas que ocupan hasta
dos páginas y más, las de los pobres no suele llegar ni a la mitad de una
página. El motivo fundamental de esta diferencia no está en una
predeterminación o alevosía como se podría deducir en un primer momento. Al
leer detenidamente las partidas encontramos que el motivo se encuentra en
que la mayoría de las personas del pueblo, casadas, viudas y solteras mayores
de 25 años, tenían hecho su testamento ante el escribano público determinando
sus testamentarios, sus herederos y las mandas. De esta forma, al escribirlas
en la partida, ésta aumenta considerablemente, ofreciendo una información
extra.
Pero
donde se establecen las diferencias más claras es en el lugar de enterramiento
y en el modo de hacerlo que dejaremos para otra entrada ya que es bastante
extenso.
Ejemplo
de partidas de defunción:
“Maria
Gallego Delgado.
Numº
14
En la Yglª Parroql de Na Sa de
la Ason de
la villa de Xerte en diez y siete dias del
mes de octubre de mil seteztos ochenta
y uno
se enterro en la cappa maior en la
sepul-
tura del numero catorze a Maria Galle
go Delgado viuda de Franco Montero
Susa
ño vecina que fue desta villa habiendo
muerto el dia antezte de enfermedad
natu
ral y recivido los santos sacramtos de
penita
eucharistia y extreon los que le admi
nistro el de la penita el P Fr.Alonso
de Pe
rales de la orden de Sn Franco de
Descalzos del
Convto de Sta cruz de
tabladilla y los dos
restantes el P. Fr. Cipriano de la trinidad tri
nitario Descalzo por enfermedad del cura
Rector, no texto por haberse privado por lo
agudo y malicia de la enfermedad, Dn Euge
nio Montero, Maria Leona Montero, y
Benito Antonio Montero sus Hijos el pri
mero pro y los dos siguientes sus Hijos solte
ros legitimos y del dho Franco Montero
susaño
su Difunto marido se comvinieron con el
cura Ror en qe se la hiziesen los
sufragios sigtes
Primte Misa de cuerpo presente con
asisten
cia de Diaconos oficios enteros de nuebe leccio
nes y seis hachas de la cofradia del Ssmo
sacramto Que la misa del cavo de año se ze
lebre con las mismas asistenzas y solennidades
qe la del entierro: Que en este dia y
en el del
entierro Zelebren por su alma Misa de
indulgencia todos los sazerdotes religiosos y qe
ala sazon se hallan en el pueblo pidiendo
la limosna del Mosto (como asi lo hizieron)
Que se traiga luz a su sepultura tres años
Que a las obras pias y rescate de cautivos
se les pague la limosna acostumbrada:
Que se la digan unas onrras en el conven
to de Sta Cruz de tabladilla: Que se
repartan
a pobres quatro fans de trigo en panes
de a dos
lbs por el amor de Dios: Como todo lo
referi
do se cumplio por los dhos sus hijos y here
deros; y por no saver acavadose de estender
esta partida por el cura Ror se haze
ao
ra con espresion de los sufragios qe se
la
hizieron qe fueron los arriva
referidos de qe//
me consta por averlos satisfho y pagado como
hijo y heredo de la susodha difunta y lo firmo
en dha villa y septe treinta de mil
setezos
noventa y ocho =
Eugenio Franco Montero

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